Una vez vi un reloj de arena peculiar. Dos cosas le hacian distinto a los demás. La primera es que era grande como una montaña. La segunda es que era imposible voltearlo. Vaya reloj más inútil, me diréis, un reloj de arena que no se puede voltear, sólo se puede usar una vez y ni siquiera lo puedes llevar en el bolsillo.
Se encontraba en medio del desierto, pues sólo de allí se pudo extraer arena suficiente para ponerlo en marcha, por primera y ultima vez.
Fue dificil calcular las medidas de volumen, radio, altura, velocidad y tiempo transcurrido. Pero en el desierto no hay mucho que hacer y al cabo de unas horas descubrí varias cosas. El reloj llevaba en marcha unos 22 años y al ritmo que iba, si no se rompía antes, se detendría tras 62 años de funcionamiento.
Era hipnótico observar la cascada de arena fluyendo, era tan fina, que tardaría años y años en detenerse. Cada día lo observaba sin cesar, sólo descansando para dormir, capturado por su preciosa armonía.
Empecé a jugar con los numeros. "Si cojo las 24 horas que tiene un día y le resto las horas dormido, el resultado lo multiplico por 60 minutos. y de nuevo cojo todo para dividirlo entre las horas que le quedan al reloj puees obtengo un numero!" En este caso era 25 minutos... vaya! para eso tanta cuenta! ¿para qué servirá el numerito?
Tras muchas reflexiones, llegué a la solución. ¿Qué pasaría si dedicara 25 minutos al día a hacer algo inservible como ver televisión? Pues que no podría contemplar el reloj durante los 40 años que le restaban, tan sólo durante 39. ¡Un año perdido!
¿Cuantos 25s hay en mi vida allá en la ciudad? ¿Cuanta arena estoy perdiendo?